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Hace no muchos años, en Buenos Aires, los judíos de Aleppo compartíamos barrios, donde los proveedores de alimentos como almaceneros, verduleros, panaderos y hasta el vendedor de pescado que pasaba con sus canastos sostenidos al hombro por una barra, sabían cuando llegaban nuestras fiestas y así conseguíamos casi todo lo necesario para cumplir los rituales.
Algunos recuerdos de aquellos días son privilegiados, cuando llegaban las prolongadas fiestas de Rosh Hashaná (1) y de Iom Kipur (2). Además de acondicionar para toda la familia trajes, sombreros y vestidos, en la casa se encalaba la cocina y el comedor, se almidonaban cortinas y tapetes, se controlaba y lavaba la vajilla, pero había algo que me impresionaba mucho… era el ritual del capará que se practicaba en la semana de Kipur.
Comenzaban los preparativos un mes antes cuando comprábamos las gallinas para engordar en casa, entre una variedad de aves: gallos, gansos, gallinas, pollitos, patos y patitos, que en alegres caravanas comandadas por los pavos, desfilaban por las calles de mi barrio. Las veredas se poblaban de chicos y grandes que asombrados mirábamos pasar el increíble séquito, provocando una algarabía que aún resuena en mis oídos. Sabíamos que nos comprarían una polla blanca con incipiente cresta y quizás... una bataraza, famosa ponedora de huevos y para los varones los orgullosos y atrevidos gallos.
Eran momentos de gran atención y expectativa porque seleccionar los elegidos significaba que además de los colores y tamaños, tenían que ser sanos, sin heridas de picotazos, de andar y aleteo pícaro y ágil, signos de animal joven, aunque después se escaparan al jardín o al patio causando alegrías y enojos.
El entusiasmo continuaba cuando le echábamos el maíz y a veces, comidas de nuestros platos “de aquello que no nos gustaba”; y cuando atraídos por cacareos y riñas, encontrábamos el huevo de la ponedora, ese que nos permitía tener el privilegio de saborear un tibio candeal, después del sonoro batido con el pesado tenedor en el vaso con azúcar y oporto.
El día que despertaba emociones más fuertes era el de aquella mañana, víspera de Iom Kipur, cuando llegaba el Shojet (3), quien al regresar de su rezo cotidiano en el templo, con su tan acostumbrado traje marrón y su sombrero de fieltro, se plantaba firme en el jardín mientras mis padres atrapaban gallos y gallinas que en vano intentaban escapar, porque apenas comprados, mamá con increíble habilidad “les recortaba las alas”.
Toda la familia rodeaba expectante al religioso e imprescindible personaje que sujetaba en su boca la filosa navaja y con legendaria experiencia revisaba una a una las aves con ambas manos. Mientras revoleaba sobre nuestras cabezas, a cada uno su gallina, musitaba unas palabras que nosotros entendíamos como capará… Les echaba la cabeza hacia atrás, les quitaba unas pocas plumitas del cogote y con un solo y preciso corte las desangraba sobre la tierra, cumpliendo así el rito requerido para convertirlas en kasher (4) y hacerlas posibles de comer.
Enseguida se cubrían los pollos con el tacho (aquél que se usaba para lavar la ropa) sobre el cual algún varón apoyaba un pie para evitar que aún se desplazaran; luego tapaban apurados la sangre del piso con la ceniza acumulada en los braseros.
Era costumbre infaltable usar la bandeja de plata preparada con las resplandecientes dulceras, los delicados tenedores y cucharitas de oscurecida filigrana, que la recamada confitera sostenía, bajo la mirada de la eterna palomita que adornaba su tapa.
También se acostumbraba que la dueña de casa sirviera la “tabla de dulces” y recibiera las bendiciones y los interminables deseos para el año recién iniciado, para que aumentara la familia con bodas o nacimientos.
Ah! Esas dulceras colmadas de brillantes dulces de toronjas y zapallo, rodeadas de las copitas enrojecidas con el guindado casero que el verano generoso nos había regalado…
Finalmente, llegaba el momento de trabajo para las mujeres, que con las cabezas cubiertas de coloridos pañuelos y amparadas en sus gloriosos delantales, desplumaban gallos y gallinas, quitándoles hasta los más duros canutos.
Abrirlos y lavarlos nos producía atracción y rechazo. Descubríamos fascinados la evolución del huevo, que desde una ínfima y desconocida yemita hasta el tamaño normal, se ofrecían una vez cocinados en codiciado racimo. Salarlos, frotándolos con la sal gruesa y enjuagarlos en el tiempo exigido los dejaba listos para el adobe con especias y frutos. Ese adobo con las almendras tostadas, los piñones, las castañas y el whisky en enjundiosa mezcla, esparcían aromas que aún hoy recuerdo invitando a compartir la memorable cena de la Noche de Kipur.
(*)La autora es licenciada en psicología y forma parte de la comisión directiva de Cidicsef.
(1) Año nuevo judío / (2) Día del Perdón / (3) persona autorizada a matar animales de consumo, de acuerdo a las normas de la tradición judía / (4) alimento autorizado por las normas judías de alimentación.
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